lunes, 18 de febrero de 2013

Un día como cualquier otro


De vuelta a la vida real después de un sueño profundo lleno de horribles pesadillas, esas pesadillas que son tan reales, las que durante la madrugada me hicieron despertar por cuatro ocasiones. Eran aproximadamente las 9:00am de un día sábado, del mes de febrero, del año dos mil trece. Con el sueño aun acechándome, recordé que había quedado de verme con mi novia para acompañarla a comprar un vestido para la fiesta a la que iríamos por la tarde. Dejando a un lado toda mi pereza al salir de mis cobijas me puse un pantalón gris, una camisa rosa y mis zapatos negros. Llamé a mi novia para preguntarle si ya estaba esperándome o si se encontraba en la misma situación que yo; ella  no me contestó, supuse que pasaba por lo mismo que yo. El día estaba cálido, no había nube alguna en el cielo, era un cielo de un color azul maravilloso y el clima era bastante confortable como para salir de paseo. No desayuné ya que me quedé dormido más de lo regular y tenía la preocupación de que mi novia ya estaría esperándome fuera de su casa, con un enojo provocado por la impuntualidad mía. Saliendo de mi casa apresuradamente, me dirigí por la avenida hacia la casa de mi novia. Ella no estaba esperándome afuera de su casa por lo que sentí un alivio, un descanso, una brisa de libertad, y entonces comencé a sentir un movimiento raro en mi bolsillo derecho, algo extraño agitándose, una vibración constante: era mi novia llamándome para decirme que se le había hecho tarde y que en quince minutos salía. Tranquilamente decidí regresar mi casa a peinarme, caminé pateando las piedras que estaban a mi paso, me sentía con una serenidad de que todo se encontraba bien, con la alegría de saber que a mi novia también se le había hecho tarde, era una paz por comenzar el día sin peleas con mi novia. Pasados catorce minutos, yo ya me encontraba frente a la puerta de la casa de mi novia comiendo una barrita de chocolate Carlos V. Mientras me abrochaba los zapatos, que por la prisa dejé para el último, volteé la mirada hacia la puerta de la casa de mi amor. Mi novia se veía arregladita, coqueta, sonriente, muy linda y lista para que yo la acompañase a comprarse el vestido que usaría en la fiesta a la que asistiríamos.

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