lunes, 25 de febrero de 2013

Un sueño inolvidable


 
 
 
Allí estaba yo, un administrador de empresas, un muchacho decente, que sacrifiqué 16 años estudiando para ser alguien en la vida. El día de ayer, aproximadamente a las 5pm, fui nombrado gerente de una sucursal de un importante banco en Huixquilucan.

Con la buena noticia de mi nombramiento, me dirigí al cajero más cercano. La fila de personas que se encontraba retirando efectivo en el cajero, tal vez por ser viernes, eran como diez personas antes de mí. Con una impaciencia mía de pasar a retirar dinero de mi cuenta bancaria, me estaba noviazgo. Nos conocimos desde que ella estaba en segundo año de preparatoria y nuestro amor había sido como ningún otro. Era una relación llena de muchos momentos lindos, muchas tardes llenas de momentos increíbles, habíamos ido a tantos lugares como habíamos tenido la oportunidad, empezando a enojar pues ya tenía quince minutos ahí formado. Saqué poco más de veinticinco mil pesos y fui a comprar un lindo anillo para comprometerme con mi novia, con la que llevaba siete años de habíamos superado tantos obstáculos en nuestra relación.  Por esa relación tan maravillosa que hemos tenido desde que ella aceptó ser mi novia y hasta el día de hoy, estaba decidido a dar el paso hacia el matrimonio.

Llegamos a un restaurante en la zona de Interlomas. Mi aun novia y yo, nos ubicamos en una mesa del centro que yo había pedido reservar desde el día de ayer que recibí mi nuevo nombramiento. El lugar estaba a su máxima capacidad a esa hora. Con los nervios encima, yo no aguanté las ganas de darle la noticia que por un par de años ella había estado esperando con temor de que no llegara. Le entregué el anillo, la miré tiernamente a los ojos y le pedí que nos casáramos. Jennifer no podía creerlo, se le notaba en su cara de felicidad, y me abrazó durante un largo rato. Ella es una mujer sencilla, bella, tierna, sonriente, amable y con un maravilloso corazón lleno de amor. Juntos estábamos haciendo realidad el sueño de nuestras vidas: casarnos. Mientras ella me abrazaba con tanta ternura yo le repetía lo mucho que la amaba y ella no se quedaba atrás contestándome con palabras que me hacían amarla aún más.  Ese día tan especial, tanto para ella como para mí, fue lo mejor de nuestras vidas. Ahí estaba el comienzo esta historia, de nuestra historia.

lunes, 18 de febrero de 2013

Un día como cualquier otro


De vuelta a la vida real después de un sueño profundo lleno de horribles pesadillas, esas pesadillas que son tan reales, las que durante la madrugada me hicieron despertar por cuatro ocasiones. Eran aproximadamente las 9:00am de un día sábado, del mes de febrero, del año dos mil trece. Con el sueño aun acechándome, recordé que había quedado de verme con mi novia para acompañarla a comprar un vestido para la fiesta a la que iríamos por la tarde. Dejando a un lado toda mi pereza al salir de mis cobijas me puse un pantalón gris, una camisa rosa y mis zapatos negros. Llamé a mi novia para preguntarle si ya estaba esperándome o si se encontraba en la misma situación que yo; ella  no me contestó, supuse que pasaba por lo mismo que yo. El día estaba cálido, no había nube alguna en el cielo, era un cielo de un color azul maravilloso y el clima era bastante confortable como para salir de paseo. No desayuné ya que me quedé dormido más de lo regular y tenía la preocupación de que mi novia ya estaría esperándome fuera de su casa, con un enojo provocado por la impuntualidad mía. Saliendo de mi casa apresuradamente, me dirigí por la avenida hacia la casa de mi novia. Ella no estaba esperándome afuera de su casa por lo que sentí un alivio, un descanso, una brisa de libertad, y entonces comencé a sentir un movimiento raro en mi bolsillo derecho, algo extraño agitándose, una vibración constante: era mi novia llamándome para decirme que se le había hecho tarde y que en quince minutos salía. Tranquilamente decidí regresar mi casa a peinarme, caminé pateando las piedras que estaban a mi paso, me sentía con una serenidad de que todo se encontraba bien, con la alegría de saber que a mi novia también se le había hecho tarde, era una paz por comenzar el día sin peleas con mi novia. Pasados catorce minutos, yo ya me encontraba frente a la puerta de la casa de mi novia comiendo una barrita de chocolate Carlos V. Mientras me abrochaba los zapatos, que por la prisa dejé para el último, volteé la mirada hacia la puerta de la casa de mi amor. Mi novia se veía arregladita, coqueta, sonriente, muy linda y lista para que yo la acompañase a comprarse el vestido que usaría en la fiesta a la que asistiríamos.